Preparada para la acción. Paula se repetía su frase favorita constantemente, desde que se despertó aquella mañana. Tras el desayuno, caminaba hacia el edificio de la competición donde pondría a prueba sus reflejos, y su estrategia. El examen final había llegado.

Se inscribió en Capsul con tal de hacer nuevas amigas, y pasarlo bien en general. Nunca imaginó, que el incidente cambiaría tanto la situación hasta el punto, de recibir entrenamiento extra con tal de jugar en el equipo fucsia. No podían arriesgarse, más ahora que el equipo verde jugaba fuerte.

Una vez dentro del edificio, Paula fue recibida por dos jugadoras de su equipo, quienes le acompañaron a la zona de pruebas. Mery, una de las líderes del equipo, hablaba con ella a distancia con la ayuda de un cono modificado, el cual usaba como megáfono.

—¡Bienvenida! Estás a punto de entrar en el mejor equipo de la competición. Necesitamos tu ayuda para ganar el premio, y solo podrás conseguirlo, si superas las pruebas. Si no lo ves claro, puedes abandonar ahora. ¡Que no te sepa mal! ¡No obligamos a nadie!

Paula permaneció en su sitio, a lo que Mery continuó sonriente.

—¡En la primera prueba, ponemos a prueba tus reflejos! ¿Ves la pared de la derecha?

Paula miró la superficie manchada de pintura fucsia, cerca de ella. Una vez la hubo visto, asintió.

Las jugadoras te van a disparar a distancia. ¡Tienes que esquivar la pintura! ¡Recuerda que puedes parar cuando quieras!

De inmediato, Paula se puso las gafas creyendo ser manchada de pintura fucsia, en cuestión de segundos. En su lugar, las jugadoras empezaron a lanzarle pequeñas pelotas de plástico. La joven aspirante no pudo evitar ser alcanzada por varias, pese a defenderse con gran agilidad.

—¡Prueba superada!—anunció Mery—¡Pasamos a la siguiente!

Sobre una mesa frente a ella, Paula pudo apreciar una pistola cápsula con pintura fucsia en el compartimento, lista para ser utilizada. Por educación, esperó instrucciones antes de cogerla.

—¡En esta prueba, veremos cómo vas de puntería! Tienes una diana delante de ti. ¡Apunta y dispara! ¡Sobran las explicaciones!

Sin pensarlo, Paula cogió la pistola y apuntó hacia la diana situada delante. Apretó el gatillo, pero la pintura no quiso salir. Confundida, miró a sus compañeras quienes sonreían de forma pícara.

—¡Antes de disparar, quita el seguro!—informó Mery—¡No podemos gastar pintura para nada!

Paula sonrió. No estaba enfadada. En ningún momento le pareció una novatada. Incluso apreció la lección, le serviría para estar atenta en todo momento. Tras bajar la pequeña palanca junto al gatillo, comprobó cómo se abría el agujero en el puntero del arma.

Llegó el momento de demostrar su puntería. Dirigió la pistola hacia el frente, y apretó el gatillo con fuerza. La diana fue manchada de pintura en menos de un segundo. Era sorprendente la rapidez con la que un simple disparo, pudo alcanzar el objetivo de lleno. ¿Estaría preparada para esquivar? Tal vez debería practicar más aquella parte.

—¡Perfecto!—gritó Mery entusiasmada—¡Pasamos a la tercera y última prueba!

Sin previo aviso, una jugadora le quitó a Paula la pistola. Ella se dejó, deseosa de saber qué venía ahora. Mery procedió a explicárselo, no sin antes darle la siguiente indicación.

—¡Mantén las gafas puestas! ¡Extiende los brazos! ¡Y cierra los ojos!

Paula obedeció. Y entonces, las jugadoras empezaron a mojarla con pintura fucsia. Tan solo mancharon su ropa. Sin embargo, la salpicadura manchó su rostro y parte del cabello. Una vez hubieron terminado, Mery le avisó para que Paula pudiera de nuevo abrir los ojos.

¡La ropa pesa más cuando la manchan de pintura! ¡Es más difícil correr así! ¡Por eso, la última prueba consiste en escapar! ¡Estás en el campo de batalla, y no puedes combatir con tanto peso! ¡Tienes que volver a tu territorio! ¡Tienes un minuto para encontrarlo!

Todavía estaba asimilando su objetivo principal, cuando Mery se puso a iniciar la cuenta atrás.

—¡Tres! ¡Dos! ¡Uno! ¡Ahora!

Ya pensaría en ello luego. Ahora tocaba correr. Sin mirar hacia atrás, Paula eligió el primer pasillo donde probar suerte y se desplazó a tanta velocidad como pudo.

Pasaron segundos. Luego minutos. Y cada vez, Paula estaba más y más cansada. La ropa mojada de pintura se le pegaba a la piel, reteniéndola en cada movimiento articulado. Con pesar, descubrió la triste verdad: no lo había conseguido.

Y entonces, al mirar hacia Mery quien sin decir nada, se lo estaba diciendo todo, lo entendió. La líder del equipo le daba a elegir: rendirse, o volver a intentarlo. Con los pies doloridos de la carrera y el cansancio a su espalda, Paula sonrió de ambición.

 —Déjame volver a intentarlo.

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